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¿A qué le temen los niños?

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Este es el primero de nuestros blogs que trata sobre esos pequeños habitantes del planeta: niños. En esta ocasión, nos concierne una de las emociones que comúnmente se relaciona con ellos, el temor.
Primeramente, vamos a delimitar qué es un niño para el presente artículo y cómo podemos definir el temor. Tratamos de niños incluyendo al bebé y hasta antes de la adolescencia, o preadolescencia. Solo usaremos estos estimados. No intentamos decir que cierta edad ya es la adolescencia, puesto que a veces no se definen los periodos con facilidad.

El temor se siente como un impulso de evasión de lo que se considere nocivo. Así, las personas se rehúsan a lo dañino con naturalidad. Podrá parecer que se necesita ser consciente del peligro para huir de él. Pero al parecer ya tenemos mecanismos biológicos y psicológicos para identificar dicho peligro y temerle.

Una prueba podría ser la reacción que tenemos a los sonidos fuertes y repentinos. Nos provocan estado de alerta y se nos acelera el pulso. Asimismo, los niños sienten a flor de piel (o con intensidad) temores peculiares.

Lo desconocido

En general, la gente siente desconfianza de los extraños. Es probable que cualquier niño se sienta indefenso. Este miedo o ansiedad nace desde temprana edad, se estima que cuando tienen alrededor de 8 años. El bebé ya es capaz de identificar rostros, por lo mismo reconocen al padre y madre y los pueden diferenciar de otros.

La mayoría de niños tardan en acostumbrarse a una nueva persona en su mundito. Aun cuando se trata de gente recurrente en su vida, dígase tíos, vecinos o una niñera, el pequeño se rehusa al inicio. Dependiendo del bebé, el ritmo para acostumbrarse varía.

Sus mecanismos de alerta son el llanto y aferrarse de sus padres. Comunican sus emociones cuando lloran, así el adulto sabe cómo tratarlo. En el segundo método, se agarran a sus padres, pues les resulta lo más familiar del mundo. Los padres cuidan de ellos diario.
Experimentan una reacción similar con sonidos fuertes, pues no reconocen lo sucedido. Su inexperimentada capacidad genera desconfianza en ellos.

En este rubro también cabe el miedo de las sensaciones nuevas. Debido a ello, puede sobresaltarlos el baño, las cosquillas y otras poco comunes para ellos. Lo desconocido responde en gran medida a qué le temen los niños.

Caídas

El bebé tiene inteligencia nata. Su cuerpo le avisa cuando se va a caer, cuando está sujetado con firmeza. Por eso, la seguridad emocional que le proporciona la firmeza erradica todo temor. Pero el pequeños sí percibe cuando está en peligro de sufrir daños físicos por su joven fragilidad.

Separación

Nuestros pequeños compañeros dependen por completo de sus progenitores, sea uno o dos. Aunque el tutor no siempre es su padre o madre biológico, es digno remarcar. Durante gran parte de la infancia, aún no son autosuficientes. Se cree que la mente ya lo sabe y entiende sus circunstancias. Por eso, sufre temor frente a cualquier separación de sus proveedores.

Sea en la escuela o para cuidarlo durante el día, el niño percibe un grado de peligro. Solo recuerda una forma de vivir, y es con ayuda de sus padres. Así, se resiste a depender de un extraño.

Fantasía

Se estima que alrededor de los cuatro años, la imaginación comienza a hacer lo suyo. La cabeza del niño crea historias e interpreta la realidad a su manera. Se cree que aún no desarrollan la capacidad de diferenciar entre la realidad y la ficción. Por eso, si les cuentan un relato terrorífico, puede lo tomen por cierto.

Los sueños y pesadillas parecen pertenecer a la realidad. Lo desconocido estremece a los pequeños, pues es un hueco rellenable por mil historias. Por eso, parecen terrenos peligrosos la oscuridad y los espacios poco frecuentados como debajo de la cama.

Los seres fuera de lo común pueden llamar su atención y despertar emociones negativos en ellos. Por eso, los payasos, Santa Claus y otros personajes estrafalarios provocan el mismo impulso de evitarlos. Se distinguen con notoriedad de las personas comunes, entonces los niños les tienen sus reservas. Puede que así se responda a qué le temen los niños.

El mundo real

Con el paso del tiempo, aproximándose a los ocho años, los niños comprenden lo real. Cada nuevo peligro son las cosas que sí podrían pasar. Vislumbran los riesgos y los miden con sus capacidades. Muchos ya son conscientes de sus oportunidades contra un adulto queriendo aprovecharse de ellos.

Ya dimensionan la magnitud de un desastre natural, sus habilidades de supervivencia y la malicia de otras personas. Quizá todavía imaginan que hay un “hombre malvado” dentro de su clóset o armario, pero el miedo se aproxima más a elementos de la realidad.
Miran las guerras como peligros inminentes, con un fuerte grado de realidad. Aunque el adulto a veces lo aisla del su realidad, la verdad es que podríamos sufrir de sus secuelas y los niños contemplan ese peligro latente.

El perro, por su carácter escandaloso, intimida al niño. Con prudencia, los niños toman su distancia. Se saben incapaces de defenderse contra un animal aparentemente incontrolable.

Cambios

Al parecer, la humanidad tendemos a las rutinas o a procedimientos que nos son familiares. Hay quien dice que somos animales de costumbres. Y hace sentido, pues ya conocemos ciertos lugares y personas. Nos sentimos seguros debido a que nada puede agarrarnos desprevenidos.

Se sospecha que desde el segundo año de vida, ellos ya establecen lo que les es familiar y extraño en su entorno. Por eso, cualquier cambio representa una alteración del su orden tranquilo.

Cabe remarcar que no todos los miedos fueros tratados en el presente artículo, pues la lista es bastante amplia.

Conclusión

Todo apunta a creer que los niños, como los humanos en general, poseen una sabiduría innata. El cuerpo y la mente reaccionan con sus mecanismos de defensa ante los potenciales peligros. El temor es, entonces, un acto de protección de un pequeño ser que busca sobrevivir. Identifica a los padres como parte vital de su vida. Su dependencia se justifica de esta manera.

Sin embargo, hay miedos muy grandes para los infantes y no les permiten vivir. Solo en este grado de temor se les recomienda asistencia profesional. De lo contrario, se considera una reacción natural y sana de los niños. Esperamos haber respondido a qué le temen los niños.

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